Autismo y Discapacidad

La maternidad en la neurodivergencia

18 de octubre de 2025 · Entrevista · Por Asociación PSI

Lucía, madre de Gael, un niño con TEA, cuenta cómo vivió las primeras señales, el diagnóstico y la construcción de rutinas que hoy sostienen su vínculo.

Lucía Rigoni, madre de un niño con TEA, sonriendo en un retrato

En el mes de la madre, la historia de Lucía Rigoni nos invita a reflexionar sobre la maternidad en contextos donde el amor se entrelaza con los desafíos. Peluquera de Zárate y madre de Gael, un niño de once años con TEA, Lucía comparte cómo transitó las primeras señales de alerta, el impacto del diagnóstico y la manera en que, con resiliencia y ternura, fue construyendo rutinas que hoy son parte esencial de su vínculo con su hijo. Su relato, como el de tantas madres, muestra que no hay recetas únicas: cada experiencia abre preguntas, derriba prejuicios y aporta claves reales para quienes están atravesando procesos parecidos.

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Las primeras señales

Lucía Rigoni es mamá de Gael, que está por cumplir 11 años y tiene diagnóstico de TEA. Empezó a notar señales cuando él tenía unos dos años: ya conocía algo sobre el autismo porque tenía amigas con hijos autistas. Gael no hablaba, aunque se comunicaba de otras formas, y ordenaba sus autitos en fila, de menor a mayor y según los colores. El diagnóstico llegó a los cuatro años. Alrededor de los cinco, junto con el dejar los pañales, empezó a hablar, a leer y a escribir.

El diagnóstico

Aunque Lucía ya lo intuía, recibir el diagnóstico fue angustiante, porque nadie sabe qué le depara el futuro. Pero también le dio un rumbo: al ponerle nombre, supo con qué empezar a trabajar y adónde ir. Uno de los momentos que más recuerda es cuando se lo contó a la maestra de sala de cuatro, que la abrazó y le agradeció por ocuparse, porque muchas familias no se informan.

El día a día

Para Lucía, la clave es la paciencia: evitar los gritos, hablar con Gael en un tono bajo y calmado, y explicarle las cosas. Dibujar es una de sus formas de regularse. Es sociable, pero cuando se le agota la «batería social» se enoja o se aísla. En la escuela usa auriculares que aíslan el sonido, porque no tolera el ruido de muchos chicos gritando. Y encontró, por su cuenta, dos pasiones: el dibujo y la batería.

La escuela y los apoyos

Los primeros años de escuela coincidieron con la pandemia, y la integración fue difícil. Lucía sentía que Gael necesitaba un acompañante, pero durante un tiempo la escuela lo atribuyó a la adaptación después del aislamiento. Recién en cuarto grado se sumó una acompañante que va con él todos los días, y con ella trabajan en conjunto las adaptaciones escolares: no se trata de reducir la tarea, sino de adaptarla a lo que él puede rendir en lo intelectual, en lo emocional y según su cansancio. Conseguir turno con una psicopedagoga también fue un desafío, por lo saturadas que están las agendas de los profesionales.

Crisis o berrinche

Ante los desbordes, Lucía intenta bajar a la altura de Gael, mirarlo a los ojos, hablarle despacio, proponerle respirar y darle un espacio para descargar, siempre que no se lastime ni lastime a nadie. Reconoce que la línea entre una crisis y un berrinche es muy delgada y difícil de identificar, porque Gael también es un chico que pasa por las mismas etapas que todos. Ahora, con la preadolescencia, busca nuevas herramientas con la ayuda de su psicóloga y su psicopedagoga.

Un mensaje para otras madres

A una mamá que recién recibe un diagnóstico, Lucía le diría que no está sola: que se informe, que busque a otras mamás en la misma situación y que haga terapia también para ella, no solo para su hijo. Su deseo es que Gael pueda tener una vida adaptada a sus necesidades y que, dentro de unos años, la sociedad esté mucho más preparada para personas como él. Mientras tanto, cada día, cuando la abraza, él le dice que es la mejor mamá.