La maternidad en la neurodivergencia
Lucía, madre de Gael, un niño con TEA, cuenta cómo vivió las primeras señales, el diagnóstico y la construcción de rutinas que hoy sostienen su vínculo.

En el mes de la madre, la historia de Lucía Rigoni nos invita a reflexionar sobre la maternidad en contextos donde el amor se entrelaza con los desafíos. Peluquera de Zárate y madre de Gael, un niño de once años con TEA, Lucía comparte cómo transitó las primeras señales de alerta, el impacto del diagnóstico y la manera en que, con resiliencia y ternura, fue construyendo rutinas que hoy son parte esencial de su vínculo con su hijo. Su relato, como el de tantas madres, muestra que no hay recetas únicas: cada experiencia abre preguntas, derriba prejuicios y aporta claves reales para quienes están atravesando procesos parecidos.
Las primeras señales
Lucía Rigoni es mamá de Gael, que está por cumplir 11 años y tiene diagnóstico de TEA. Empezó a notar señales cuando él tenía unos dos años: ya conocía algo sobre el autismo porque tenía amigas con hijos autistas. Gael no hablaba, aunque se comunicaba de otras formas, y ordenaba sus autitos en fila, de menor a mayor y según los colores. El diagnóstico llegó a los cuatro años. Alrededor de los cinco, junto con el dejar los pañales, empezó a hablar, a leer y a escribir.
El diagnóstico
Aunque Lucía ya lo intuía, recibir el diagnóstico fue angustiante, porque nadie sabe qué le depara el futuro. Pero también le dio un rumbo: al ponerle nombre, supo con qué empezar a trabajar y adónde ir. Uno de los momentos que más recuerda es cuando se lo contó a la maestra de sala de cuatro, que la abrazó y le agradeció por ocuparse, porque muchas familias no se informan.
El día a día
Para Lucía, la clave es la paciencia: evitar los gritos, hablar con Gael en un tono bajo y calmado, y explicarle las cosas. Dibujar es una de sus formas de regularse. Es sociable, pero cuando se le agota la «batería social» se enoja o se aísla. En la escuela usa auriculares que aíslan el sonido, porque no tolera el ruido de muchos chicos gritando. Y encontró, por su cuenta, dos pasiones: el dibujo y la batería.
La escuela y los apoyos
Los primeros años de escuela coincidieron con la pandemia, y la integración fue difícil. Lucía sentía que Gael necesitaba un acompañante, pero durante un tiempo la escuela lo atribuyó a la adaptación después del aislamiento. Recién en cuarto grado se sumó una acompañante que va con él todos los días, y con ella trabajan en conjunto las adaptaciones escolares: no se trata de reducir la tarea, sino de adaptarla a lo que él puede rendir en lo intelectual, en lo emocional y según su cansancio. Conseguir turno con una psicopedagoga también fue un desafío, por lo saturadas que están las agendas de los profesionales.
Crisis o berrinche
Ante los desbordes, Lucía intenta bajar a la altura de Gael, mirarlo a los ojos, hablarle despacio, proponerle respirar y darle un espacio para descargar, siempre que no se lastime ni lastime a nadie. Reconoce que la línea entre una crisis y un berrinche es muy delgada y difícil de identificar, porque Gael también es un chico que pasa por las mismas etapas que todos. Ahora, con la preadolescencia, busca nuevas herramientas con la ayuda de su psicóloga y su psicopedagoga.
Un mensaje para otras madres
A una mamá que recién recibe un diagnóstico, Lucía le diría que no está sola: que se informe, que busque a otras mamás en la misma situación y que haga terapia también para ella, no solo para su hijo. Su deseo es que Gael pueda tener una vida adaptada a sus necesidades y que, dentro de unos años, la sociedad esté mucho más preparada para personas como él. Mientras tanto, cada día, cuando la abraza, él le dice que es la mejor mamá.