Gerontología y Cuidados

Comprender el Alzheimer desde el vínculo y el cuidado

14 de julio de 2025 · Editorial · Por Asociación PSI

María, maestra de 88 años con Alzheimer, muestra que el vínculo no depende solo de la memoria y que siempre hay formas de sostener la calidad de vida.

Una persona mayor de pelo blanco y camisa rosa mira un papel sentada a una mesa, en un living con plantas

Hablar de gerontología es mucho más que hablar de envejecimiento. Es detenernos a mirar con otros ojos a quienes transitan esta etapa de la vida: sus tiempos, sus memorias, sus silencios. Es también preguntarnos cómo acompañar, cómo cuidar, cómo estar presentes cuando lo que antes era cotidiano comienza a desdibujarse. Entre todas las realidades que atraviesan a las personas mayores, el Alzheimer se vuelve una de las más complejas y, a la vez, una de las que más expone la fragilidad e importancia de los vínculos humanos.

<p>El Alzheimer no solo borra recuerdos. Reorganiza vínculos. Requiere de nosotros otra forma de mirar, de escuchar, de sostener. Muchas veces, el diagnóstico aparece como una pérdida, pero también puede abrir la puerta a una manera más profunda de acompañar: entender que detrás del olvido sigue habiendo una historia, una identidad, una necesidad de afecto y de presencia.</p>

<p>Desde una perspectiva gerontológica, el Alzheimer no se limita a un diagnóstico: es una condición que exige atención, adaptación continua y la presencia sostenida de vínculos. No es parte del envejecimiento normal, sino una enfermedad progresiva que afecta a quienes la transitan y también transforma profundamente a sus seres queridos, a quienes cuidan, a quienes intentan mantener vivos los lazos aun cuando su nombre ya no es reconocido.</p>

El caso de María: una maestra que aún enseña

María tiene 88 años y fue diagnosticada con Alzheimer hace unos años, poco después de enviudar tras más de seis décadas de matrimonio. En un primer momento, lo que parecía tristeza por la pérdida terminó siendo algo más profundo. La familia, preocupada por su estado emocional y la falta de estímulos, decidió llevarla a un centro terapéutico durante las mañanas. Allí comenzó un proceso de acompañamiento que fue transformándose con el tiempo.


Al principio, se buscó conectar con su historia. María había sido maestra de primaria, así que se diseñaron actividades con juegos de palabras, lectura y escritura creativa. Disfrutaba especialmente del «Tutti Frutti» oral en grupo, donde no solo ejercitaba la memoria, sino que compartía con otras personas mayores que, como ella, necesitaban rearmar sus días.

<p>Sin embargo, con el paso de los meses comenzaron a notarse síntomas característicos: desorientación espacial, olvidos inmediatos, confusión de personas y lugares. María entraba en una habitación del centro pensando que era su casa. Decía «me voy a cocinar» y se dirigía a la cocina institucional como si fuese la suya. No recordaba lo que acababa de hacer ni que lo había olvidado.</p><p><br></p><p>Luego llegó la pandemia y, con ella, un quiebre. La familia dejó de llevarla durante ocho meses. Cuando regresó, su deterioro era notorio: ya no reconocía a sus familiares. Las visitas estaban restringidas. El vínculo se volvió aún más frágil.</p>

<p>Ante esto, el equipo diseñó un plan de intervención nuevo. Trabajaron con imágenes familiares, construyeron un árbol genealógico con fechas importantes y lo integraron a la rutina diaria mediante el calendario. Así, cada día era una oportunidad de reconectar con un recuerdo, aunque fuera brevemente. También se sostuvieron actividades manuales y físicas: jardinería, pintura y hasta bicicleta adaptada. Pero muchas cosas cambiaron: ya no podía cocinar, porque había perdido la capacidad de seguir secuencias. Si hacían galletitas, comía la masa cruda. Si armaban alfajores, se comía el dulce con la cuchara en la mano, diciendo «yo no hice nada», con la boca llena de sonrisas y dulce de leche. Y, sin embargo, la música seguía intacta. Las canciones de su juventud despertaban algo que ninguna otra cosa lograba. Tarareaba, recordaba letras, los ojos le brillaban. La memoria musical —como muchas otras ancladas en la emoción— persiste más allá del lenguaje.</p>

¿Por qué es importante reflexionar sobre este caso?

Porque María es muchas Marías. Es símbolo de tantas personas mayores que, en el avance del Alzheimer, siguen necesitando espacios de cuidado, respeto y conexión. También representa a las familias que acompañan entre la culpa, el amor y el cansancio.



<p>Este caso nos deja aprendizajes esenciales:</p><p><br></p><ul><li><strong>El Alzheimer es progresivo, pero eso no significa que no haya formas de sostener la calidad de vida.</strong> El entorno terapéutico importa: diseñar actividades significativas, ancladas en la historia de la persona, puede marcar una gran diferencia.</li></ul><ul><li><strong>La familia necesita apoyo,</strong> no solo para acompañar, sino también para poder soltar sin culpa cuando el cuidado en casa ya no es posible.</li></ul><ul><li><strong>El vínculo no depende solo de la memoria,</strong> sino del afecto, de la presencia y de las pequeñas cosas: una canción, una mirada, un momento compartido.</li></ul>

Una invitación

Reflexionar sobre la historia de María permite abrir preguntas clave sobre el modo en que se transita la vejez, las formas de acompañamiento posibles y los vínculos que se tejen en torno al cuidado. La formación, el intercambio de experiencias y el aprendizaje de estrategias de acompañamiento no solo resultan necesarios, sino que expresan una dimensión profundamente humana.

<p>Para quienes cuidan o quieren formarse en el acompañamiento de personas mayores, en Asociación PSI ofrecemos recorridos pensados para transformar la experiencia en estrategias concretas.</p>